Cuando pensamos en salmón, una de las primeras imágenes que se nos viene a la mente es su apetitoso color rosado, característico de este saludable pescado. Pero, para sorpresa de muchos, los salmones que se crían en granjas son en realidad blancos, y las compañías añaden colorante a su comida para que obtengan la tonalidad deseada.
El salmón de granja representa el 70% del mercado global. Su creciente demanda de consumo -que se ha triplicado desde 1980 hasta la fecha – ha hecho que las granjas sean una solución para que los consumidores en todo el mundo tengan acceso al pescado.
Casi todas las granjas de salmón agregan compuestos de pigmentación a la comida de sus peces. Naturalmente, el color en el salmón salvaje es obtenido porque estas especies comen crustáceos y krill, que son ricos en carotenoides, es decir, el compuesto que hace que los camarones, cangrejos y otros tengan tonalidades rojas, naranjas y rosadas.
Al ver una foto que compara la carne de un salmón de granja con uno salvaje el cambio en las tonalidades es evidente. Además los salmones cultivados suelen tener más grasa porque no se ejercitan como los salvajes, que nadan contra corriente para depositar sus huevos.

En una entrevista para la revista Time, el criador de salmón Don Read, asegura que agregan color al pescado porque de otra forma “los consumidores no lo comprarían…ellos compran lo que les resulta familiar.”
Para añadir lo carotenoides a la comida, las granjas pueden usar ingredientes naturales, como harina de camarón o de otros crustáceos molidos o compuestos sintéticos creados en un laboratorio. Estos compuestos no son dañinos para la salud y suelen ser costosos, por lo que los productores no suelen abusar de las cantidades que añaden a los salmones.
Vía Food & Wine